viernes, 14 de junio de 2013

Incursiones vikingas sobre el Reino de Asturias

La situación del Reino de Asturias en un punto clave para las comunicaciones marítimas, ya desde la Prehistoria, facilitó ancestrales contactos con el mundo atlántico. Por otra parte, debido a la orografia, la cornisa cantábrica ha estado muy volcada a dichos contactos y la península Ibérica se halla en la ruta natural procedente del Mar del Norte que, una vez atravesado el Canal de la Mancha y rodeada la península de Armórica -el gran Finis Terrae galo-, continúa hacia el Suroeste para acabar cruzando el Estrecho de Gibraltar y llegando al Mediterráneo. Por tanto es comprensible que los escandinavos, siguiendo su vestvegr o Ruta del Oeste , acabasen recalando aquí. Así,en el año 838 incursiones de normandos afincados en Irlanda ya habían asaltado algunas partes del norte peninsular, sin llegar a ser meras avanzadillas piratas.

 La primera incursión: año 844

Los vikingos llevaban desde el comienzo del siglo IX saqueando y asolando las regiones costeras de la Europa atlántica; tras pasar por los Países Bajos, las Islas Británicas y Francia, y siguiendo esa ruta natural antes mencionada, le tocó el turno a las costas astures. Según las fuentes, en el año 844 partió del Garona una flota normanda que, tras una tempestad que les impidió tomar tierra en lo que sería el actual País Vasco, llegó a las costas asturianas. Entre el 31 de julio y el 1 de agosto del año 844 más de 100 naves vikingas con rumbo hacia el sur peninsular fueron avistadas en la playa de San Lorenzo (Gijón).Tras un intento de desembarco los nórdicos fueron expulsados de la bahía de Gijón por las tropas de Ramiro I por lo que fueron saqueando toda la costa cercana a Gijón y continuaron hasta desembarcar junto al Farum Brigantium, la Torre de Hércules, en La Coruña. Desde esa cabeza de puente saquearon toda la zona colindante y continuaron hasta adentrarse en la provincia de Lugo, donde desgraciadamente para ellos,se toparon con el ejército de Ramiro I, rey de Asturias, que desde hacía tiempo habían estado observando los movimientos de los escandinavos. Empujaron a los vikingos hasta la ribera del Miño y les obligaron a librar combate en un lugar llamado hoy Camporramiro. La "Cronica General de España" de Rodrigo de Toledo y Lucas de Tuy afirma:

"Y así ocurrió allí que el rey don Ramiro los venció y desbarató, y luego mandó poner fuego a la flota y les quemó LXX naves".




Expulsados del reino de Asturias, los vikingos continuaron hacia el Sur para continuar sus actos de piratería llegando poco después al estuario del Tajo y, ya en territorio musulmán, saquearon la ciudad de Lisboa durante trece días. De aquí continuaron hasta Cádiz, penetraron por el Guadalquivir y el 29 de septiembre llegaron a Sevilla. El saqueo e incendio de esta ciudad, duró varios días. También hubo saqueos en Medina Sidonia, Cádiz y Coria del Río.


Por tanto, destruyeron Sevilla, cuyos habitantes se refugiaron en Carmona y pidieron ayuda a Córdoba, y ‘Abd al-Rahman II envió un gran ejército. Tras varias semanas de correrías por la región, los vikingos fueron derrotados; muchos cayeron, y los que quedaban huyeron y continuaron hacia el Mediterráneo. Sin embargo un pequeño grupo quedó aislado en territorio musulmán y pidió la paz, que les fue concedida, se quedaron, se convirtieron al Islam, fundaron familias y se dedicaron durante varias generaciones a la elaboración de quesos.


 Segunda oleada, 858-861

Pero está no fue la única vez que los vikingos arribaron a las costas asturianas. Especial relevancia tuvo la zona de Candás y Luanco donde las naves que pretendían doblar el cabo peñas solían esperar mejorías de tiempo y se avituallaban de agua y comida para su travesía. Estas tierras, más las próximas a la actual Tazones y Lastres, fueron objeto de visitas vikingas durante los años comprendidos entre el 858 y 861. Se trataban de razzias veraniegas que el rey Ordoño I, según los escritos de la época, supo atajar. Los vikingos llevaban pieles de vaca recién sacrificada colocadas por todo el barco porque los nativos de éstas costas al verles llegar les disparaban flechas incendiarias con el propósito de hundir sus barcos (en lo que sería la entrada a la ría de Villaviciosa una nave vikinga fue hundida, permaneciendo durante varios cientos de años sus esqueleto en el lecho de la misma). Incluso parece ser que algunos miembros de las tripulaciones llegaron a asentarse en suelo asturiano, dando lugar a un linaje de hijos rubios y pelirrojos poco comunes en estas tierras.

En tiempos de Ordoño I, sucesor de Ramiro I, los vikingos volvieron a atacar el Norte de la Península. En 858 entraron por la ría de Arousa, vía de fácil penetración y jalonada de múltiples playas, que les sirvieron como punto de base desde el que asaltar los distintos lugares. Iria Flavia, antigua sede episcopal y puerto más próximo a Santiago de Compostela, situada al fondo de esta ría fue saqueada y todo el clero de esta ciudad se refugió en Compostela (estaba amurallada) que fue sitiada por los escandinavos. Los habitantes de este enclave les pagaron un tributo para librarse del saqueo, mas los atacantes quisieron, aún así, entrar en la ciudad. Fue entonces cuando llegó el conde Pedro al frente de un ejército, enviado por Ordoño I, poniéndolos en fuga y levantando el sitio. Esta derrota debió de ser considerable, pues de los cien barcos que traían los vikingos sólo les quedaron sesenta y dos.

Nuevamente partieron hacia el Sur e intentaron desembarcar en la costa portuguesa, pero los musulmanes presentaron batalla y se apropiaron de dos de sus barcos. Los sesenta restantes consiguieron llegar hasta el Guadalquivir y luego hasta Algeciras, ciudad que saquearon y cuya mezquita fue incendiada. Tras algunas incursiones por el Norte de África, atacaron la costa de Murcia, llegando hasta Orihuela. Pasaron el invierno en la costa francesa, cerca de Camargue, y al emprender el regreso, según cuentan los cronistas árabes, siguieron por la costa penetrando hasta Pamplona, probablemente tras remontar el Ebro, y allí hicieron prisionero al rey García, que tuvo que pagar un rescate de 90.000 dinares para poder ser liberado.






Algunas fuentes parecen indicar que la propia capital del reino, Oviedo, fue víctima de algún ataque norteño. En lo que sería los actuales terrenos de la antigua cárcel de Oviedo, Alfonso III mandó construir una fortaleza alrededor del año 875. En esta fortaleza, de la que ya no queda vestigio alguno al ser totalmente destrozada durante la Guerra de Independencia, se podía leer la leyenda ”Caventes, quod absit, dum navalis gentilitas piratico solent exercitu properare, ne videatur aliquid depirire” (“Estad alerta, alejaos cuando las naves de los piratas paganos tienen por costumbre hacer incursiones, procurando que nadie perezca”[/i]). Además la existencia de la “cámara secreta” de San Julián de los Prados, sólo accesible desde el exterior y con una escala independiente, parece corroborar las teorías que apuntan a la capital asturiana como blanco de los ataques piratas vikingos (apenas hay 30 km a la costa). 




En un principio las flotas vikingas cogieron por sorpresa a los habitantes de estas regiones pero a medida que tomaron conciencia del peligro, se mostraron cada vez más preparados para dichos ataques desde el punto de vista defensivo y militar, de modo que los mismos vikingos tuvieron que realizar sus incursiones en otros lugares más indefensos y vulnerables o donde no se hubiera conocido aún de primera mano la fuerza de sus acometidas.

Así, en el Reino de Asturias se construyen multitud de estructuras defensivas y se fortifican innumerables enclaves ante los ataques de los escandinavos, al tiempo que los reyes y los poderes nobiliarios  y eclesiásticos intervienen para frenarlos. Otra de las consecuencias es el traslado definitivo de la sede episcopal de Iria Flavia, ciudad costera de la ría de Arousa, a Compostela, más al interior y por tanto menos vulnerable. El obispo Teodomiro de Iria Flavia, quien supuestamente descubrió la tumba de Santiago, ya se hizo enterrar en la nueva iglesia construida en Compostela, pero el traslado de la sede no se hizo de forma oficial hasta que comenzaron las primeras incursiones vikingas.


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Fuentes consultadas:

Velasco, Manuel (2008) Breve Historia de los Vikingos, 
Yves Cohat, Los vikingos, reyes de los mares 
Arias Jordan,Cristina, Las incursiones vikingas en la Peninsula Iberica

martes, 4 de junio de 2013

Drakkar: el barco vikingo



El Drakkar fue sin duda uno de los factores tecnológicos que propiciaron la expansión marítima de los vikingos, el mayor exponente de su tecnología militar y uno de los iconos que más rápidamente asociamos a los escandinavos en la imaginería occidental: sus famosos barcos. Pero, ¿qué es un Drakkar?. Es común leer u oír el nombre de drakkar aplicado a estas embarcaciones, pero el empleo de este término es erróneo pues los vikingos jamás llamaron así a sus barcos. Dicha palabra, drakkar, no es más que la deformación francesa de drekar, plural de dreki (“dragón” en antiguo normánico), y se refiere a las figuras zoomorfas con las que estaban decoradas las proas de los barcos vikingos. 

En realidad los escandinavos poseían diversos términos para referirse a sus embarcaciones, siendo los más comunes knörr, skeið y langskip. El origen de estos knerrir (plural de knörr) es muy antiguo, pues ya desde varios siglos antes del inicio de la Era Vikinga encontramos antecedentes que presentan ya los rasgos fundamentales : casco formado por planchas que se superponen unas a otras, con una característica forma de proa y popa levantadas y casi simétricas, y con un remo-timón atrás, a estribor. Por otra parte, teniendo en cuenta la accidentada orografía de las tierras escandinavas y su abundancia en lagos y fiordos, es comprensible que el barco desempeñase un papel fundamental en esta sociedad, algo atestiguado también por la abundancia de dioses y diosas, tanto de época vikinga (Njörðr) como pre-vikinga (Nerthus, Nehalennia, etc.), cuyas atribuciones principales eran la protección de los que viajaban por mar.



Podemos conocer el proceso y las técnicas de construcción de estas embarcaciones a través de algunos textos escritos y de documentos como el tapiz de Bayeux que lo ilustra ricamente, pero sin duda el aporte de la Arqueología ha sido fundamental, y gracias a multitud de hallazgos, tanto en mar como en tierra, de barcos enteros o fragmentados, podemos saber con gran exactitud cómo eran. Los barcos hallados en Oseberg, Gokstad, Skuldelev y muchos otros yacimientos constituyen interesantes ejemplos de ello.

La primera fase de construcción consistía en tallar, con un hacha y de una sola pieza, la quilla, normalmente hecha de roble; la roda y el codaste se fijaban con remaches de metal o clavijas de madera. Después se disponían las planchas, que se cubrían parcialmente la una a la otra y se unían con remaches, mientras los intersticios se llenaban con cáñamo empapado en alquitrán. Para asegurar la estabilidad se disponían transversalmente varengas diestramente talladas para adaptarse a la forma interior de la quilla. A continuación reforzaba la estructura mediante los baus o vigas transversales que mantenían separadas las varengas y unas piezas que se disponían longitudinalmente cortando la cuaderna, además de la regala. En el centro se instalaba el pie del mástil, en forma de pez, y en él se hundía el mástil. El último paso en la construcción era instalar una especie de plataforma delante y eventualmente detrás para delimitar una cala.

Una vez construido el barco, era imprescindible esculpir la figura de proa, que no era fija (se podía quitar y poner); normalmente representaba la cabeza de un animal o un monstruo, y su función era espantar a los malos espíritus. Había que colocar la vela rectangular y hecha de paños cosidos unos a otros. Además en la parte superior de la borda se hacían unos orificios para introducir remos, por lo que el barco podía ser impulsado tanto mediante éstos como a vela. Por último estaba el timón, un remo de mango corto y de pala ancha fijado detrás, a estribor, por un atadero de cuero y articulado en ángulo recto sobre una barra muy fácil de manipular.

Por tanto nos encontramos ante una nave de reducido calado (lo que permite maniobrar fácilmente tanto en aguas poco profundas como en alta mar), con capacidad para unos cuarenta tripulantes, ligera, de suave navegación y muy rápida, a lo que se añade el hecho de que se podía transportar fácilmente por tierra. Todo esto hace del knörr un instrumento de primera magnitud para realizar viajes, tanto pacíficos como con carácter de incursión.

Hay que decir que existían diferentes tipos de barcos, aunque el knörr o skeið sea el más común, ya que es apto tanto para comerciar como para atacar. Así, nos encontramos con la ferja (barco de pesca normal), la skúta (barco de cabotaje de múltiples usos) y el karfi o langskip (literalmente “barco largo”, nave de guerra, más rápida). Pero, en cualquier caso, el término común para designar a cualquier barco será knörr o skeið. 







Referencias:




Velasco, Manuel (2008) Breve Historia de los Vikingos, 
Yves Cohat, Los vikingos, reyes de los mares 
Arias Jordan,Cristina, Las incursiones vikingas en la Peninsula Iberica



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domingo, 2 de junio de 2013

Farsalia: Cesar aplasta a Pompeyo Magno

Mañana del 9 de Agosto del 44 a.C. Cayo Julio Cesar se dispone a levantar su campamento en la llanura de Farsalia e iniciar la marcha, desconocedor de que Cneo Pompeyo Magno está avanzando, descendiendo la pendiente sobre la que está levantado su campamento, hacia la llanura, decidido, por fin, a atacar dando comienzo  en este preciso momento a la mayor batalla de la guerra civil que lo enfrenta a Cesar desde que este cruzase el Rubicón el 11 de enero del 49 a.C.


Pompeyo tenía 57 años al inicio de la guerra civil y llevaba más de 13 años sin asumir el mando en un campo de batalla. Desde que huyese de Italia por Brundisium con la mayor parte del Senado en Marzo del 44 a.C, había empleado toda su habilidad organizativa en poner en pie un ejército con el que obtener la victoria final sobre Cesar. Para ello utilizará todos sus contactos a lo largo de todo el Mediterráneo Oriental, para conseguir hombres y recursos, para proveer a sus tropas de alimento, paga, armamento y equipo, para completar sus efectivos con tropas auxiliares y aliadas. Pompeyo contaba con nueve legiones y una mezcla de tropas compuesta por unidades recién reclutadas en Grecia y Asia, así como de una fuerza especialmente numerosa de caballería. Dedicará varios meses a la instrucción de este gran ejército, consiguiendo poco a poco formar un poderoso y efectivo ejército.

Mientras tanto, Cesar, ocupada velozmente Roma y tras sólo once días como dictador, renuncia a su cargo y se dirige a Brundisium donde ya estaban concentradas sus tropas. Contaba con doce legiones (unos 25.000 hombres) un tanto mermadas por las bajas y las convalecencias de la reciente campaña hispana. Con ellas se disponía a cruzar el mar y desembarcar en Grecia pero a pesar de los esfuerzos titánicos de sus legados, había una enorme escasez de barcos de transporte y la flota de Cesar sólo tenía capacidad para transportar un máximo de 15.000 hombres y 500 jinetes con sus monturas. 

Todos deberían viajar con el mínimo imprescindible. Con esta capacidad, sería necesaria más de una travesía Para trasladar al ejército al completo a Macedonia y ello comportaba un gran riesgo ya que la cabeza de puente podía ser aplastada y expulsada al mar por el enemigo antes de que llegase el resto del ejército. Además, los pompeyanos contaban con una inmensa flota de guerra compuesta por unos 500 barcos, al mando de la cual se encontraba Marco Calpurnio Bíbulo, situada a lo largo de la costa adriática oriental  que podía interceptar fácilmente cualquier flota invasora. Para empeorar las cosas, la flota de guerra cesariana  contaba sólo con 12 barcos de guerra, una fuerza a todas luces insuficiente para escoltar los buques de transporte. Hasta el 4 de enero Cesar no pudo zarpar por el mal tiempo, pero la mañana del 4 de enero del 48 a.C, la flota cesariana partió de Brundisium, arribando sin novedad a Paeleste, en la costa de Epiro, sin oposición de ningún tipo.

Dada la época del año, las legiones de Pompeyo estaban desperdigadas en sus cuarteles de invierno y la armada de Bíbulo no se encontraba preparada, pero una vez descubierta la maniobra de Cesar, este cortó toda comunicación por mar con Italia, por lo que el resto del ejército y los suministros no pudieron seguir al ejército de desembarco.  Cesar contaba en tierra con siete legiones, con unos efectivos medios de 2140 hombres por legión y unos 500 jinetes; además no había conseguido transportar grandes cantidades de comida, por falta de espacio en los barcos. No obstante Cesar había capturado algunos depósitos con reservas del enemigo y pronto la mayor parte del Epiro se había unido a Cesar que gracias a ello logró establecer una base de operaciones y abastecimiento para sus tropas.

El 10 de Abril, Marco Antonio logró desembarcar con el resto del ejército, cerca de Lissus: 4 legiones y 800 jinetes. La reacción  de Pompeyo fue demasiado lenta y las fuerzas cesarianas se unieron. Aunque aun estaba en inferioridad numérica, Cesar había conseguido reforzar su ejército y suplía esa inferioridad numérica con la gran calidad y experiencia de sus legionarios veteranos. Con su ejército reforzado, lanzó su ofensiva sobre el principal almacén de suministros pompeyano, Dyrrachium (actual Durazzo) un gran puerto comercial; era crucial capturar este importante objetivo.

 Su ofensiva fracasará y decidirá retirarse en buen orden hacia el interior, alejándose de la costa y de Pompeyo que no se lanzó tras él ya que esperaba la llegada de Escipión y sus dos legiones sirias. A lo largo del repliegue cesariano, las caballerías de ambos bandos se enfrentaron en varias escaramuzas, en las que siempre salieron vencedores los hombres de Cesar, gracias a una combinación de caballería apoyada por soldados seleccionados de infantería. Durante varios días, ambos ejércitos se invitaron mutuamente a plantear combate, formando frente al enemigo, sin éxito. Sin éxito, hasta la mañana del 9 de Agosto del 44 a.C. Cesar se dispone a levantar su campamento en la llanura de Farsalia e iniciar la marcha, desconocedor de que Cneo Pompeyo Magno está avanzando, descendiendo la pendiente sobre la que está levantado su campamento, hacia la llanura, decidido, por fin, a atacar. Podía haber vencido a Cesar por hambre, pero deseaba la gloria de una batalla y el grupo senatorial que estaba con el, la deseaba aun mas, si es que esto era posible.

La llanura de Farsalia era amplia y despejada y estaba cerrada en uno de sus lados por el río Eunipeo. Pompeyo había escogido para instalar su campamento la ladera oeste del monte Dogandzis que se proyectaba hacia el río. El lugar ofrecía ventajas para Pompeyo: la posición de su campamento era muy buena para la defensa al ocupar un alto de la ladera y la zona donde las laderas meridionales del Dogandzis bajaban hacia el río eran ideales para una maniobra de flanqueo de la caballería. La llanura de Farsalia era demasiado estrecha para formar adecuadamente un ejército del tamaño del de Pompeyo y además, el norte estaba ocupado por el monte. El terreno, que a simple vista favorecía a Pompeyo, en realidad jugó a favor de César gracias a su análisis más meticuloso y profesional.

Así pues, Pompeyo desplegó su ejército situando a su flanco derecho sobre el río, con una pequeña fuerza de 600 jinetes con respaldo de infantería ligera y tropas aliadas. A su lado la fuerza principal compuesta por 11 legiones (110 cohortes) desplegadas a la manera tradicional en triple acies, en tres líneas. Las mejores legiones se repartieron entre los flancos y el centro y la Primera y la Tercera, ambas veteranas de Cesar en las Galias, defendiendo el flanco izquierdo.  Cada cohorte se organizó en base a una formación muy cerrada de diez en fondo, una formación mucho más apretada de lo normal que aunque favorece a los soldados sin experiencia para que soporten el combate (sólo una pequeña proporción de soldados llega a combatir) impide a los hombres de las últimas filas lanzar correctamente sus pila. La infantería auxiliar pompeyana incluía varias cohortes españolas con las que formó una legión auxiliar, además de arqueros y honderos. Dejará 7 cohortes como guarnición en el campamento.


Las tropas recibirán orden de defender sus posiciones ya que Pompeyo pretendía inmovilizar a la infantería de Cesar y resolver la batalla con su caballería, 6400 jinetes de los 7400 con los que contaba, situados en el flanco izquierdo bajo el mando de Labieno. Esta caballería debía derrotar a la caballería cesariana (a la que superaba ampliamente en número) y acto seguido, atacar el flanco y la retaguardia de Cesar.  Pero a diferencia de César, Pompeyo prefirió la cantidad a la calidad y la mejor muestra de ello fue este enorme cuerpo de caballería que, en realidad, no era más que una gigantesca masa multinacional de caballos y jinetes cuyo valor táctico era una incógnita.  Es importante recordar que Pompeyo siguió a César desde Dyrrachium hasta Farsalia (y hay un buen trecho) sin que sus 7.000 jinetes consiguieran, no ya derrotar a la columna cesariana, sino ni siquiera entorpecerla. Algo que Labieno debería haber meditado. El ala derecha estaría bajo el mando de Afranio, Metelo Escipión en el Centro y Domicio Ahenobardo en la izquierda.

Cesar formará su ejército dejando el río a la izquierda; contaba con 80 cohortes incompletas y no menos de 22.000 hombres, formados en tres líneas al igual que Pompeyo, aunque de menor profundidad, cuatro o cinco en fondo. Encomendó los flancos a sus mejores unidades, con la décima a la derecha en el lugar de mayor honor y la izquierda defendida por una formación conjunta de la novena, que había sufrido enormes pérdidas en Dyrrachium, y la octava. Marco Antonio estaba al frente del ala izquierda, Cneo Domicio Calvino del centro y Publio Sila de la derecha, aunque era un mando más bien nominal ya que el propio Cesar se mantuvo durante toda la batalla en el ala derecha. Sólo disponía de 1000 jinetes situados con la décima para hacer frente a la concentración pompeyana en el flanco izquierdo. Tan evidente le resultaba a Cesar el plan de Pompeyo que durante el despliegue, ordenó que seis cohortes de la tercera línea se trasladasen a una posición tras su ala derecha, formando una cuarta línea colocada en sentido oblicuo. Con el ajetreo del despliegue de tropas, esta línea permaneció oculta para los pompeyanos, que no se percataron de su existencia.



Tras varias horas de maniobras, terminado el despliegue de ambos bandos, la primera línea de cada ejército se encontraba a apenas un kilometro de distancia. Comienza la batalla. Las tropas de Cesar inician su avance a buen ritmo y en orden, mientras los pompeyanos permanecen inmóviles, algo con lo que los centuriones de Cesar no contaban por lo que los cesarianos corrían el riesgo de lanzarles sus pila demasiado pronto por lo que detienen sus tropas, se reorganizan con calma y reanudan el avance acelerando por segunda vez para arrojar sus pila tras lo cual, cargan contra los pompeyanos que aguantan bien sus posiciones, comenzando la lucha a lo largo de toda la línea.

En ese momento, Labieno se lanza con su caballería seguida por la infantería ligera (que espera el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de las legiones) tal como estaba previsto contra los jinetes de Cesar, que ceden terreno retirándose de forma deliberada. Rechazada la caballería cesariana 6.400 jinetes de diversas razas y origen, sin experiencia como unidad, se apretujan en un pequeño espacio desapareciendo el orden en sus filas. Labieno perdió el control de su caballería, degenerando en un tumulto desordenado justo en el momento en el que Cesar ordena avanzar a su cuarta línea, sosteniendo sus pila como lanza de cuerpo a cuerpo contra la caballería en lugar de arrojarlas. Este avance produce la desbandada de la caballería pompeyana hacia la retaguardia, siendo la infantería ligera que la acompañaba,  atropellada por su propia caballería en su huída, completamente aniquilada. Probablemente Pompeyo pensó que su caballería conseguiría reagruparse y contraatacar. Pero los jinetes que regresaron no fueron los suyos, sino los de César, para cargar contra la retaguardia del ala izquierda pompeyana mientras Pompeyo Magno observa boquiabierto la huida de sus jinetes, pero no puede hacer nada, ya que no ha previsto una reserva táctica. Marco Antonio dirige con eficacia el ala izquierda de César donde los infantes auxiliares cesarianos se baten duramente contra los legionarios de Pompeyo, demostrando que un soldado bien preparado y mandado puede enfrentarse a cualquier enemigo.

Así pues, derrotada completamente la caballería de Pompeyo, Cesar gira para golpear el flanco izquierdo pompeyano y a lo largo de la línea de combate, la infantería cesariana redobla el avance ganando terreno. En este momento, Cesar ordena a sus reservas intervenir y las líneas de Pompeyo comienzan a desintegrarse poco a poco, hasta que comienza la desbandada general. La resistencia pompeyana se derrumba. En realidad con la retirada de la caballería pompeyana terminó la batalla de Farsalia para comenzar la masacre de Farsalia: los cesarianos masacraron a los infantes ligeros pompeyanos que lo único que pudieron hacer fue morir en cuestión de minutos sin ninguna posibilidad no ya de frenar la embestida cesariana, sino ni siquiera de defenderse físicamente. Y tras los infantes ligeros vinieron los legionarios pompeyanos, atrapados por delante por las legiones de César, por un flanco por sus propios compañeros de las otras legiones, por otro por las ocho cohortes y por detrás por la caballería de César. El legionario romano necesitaba al menos un metro cuadrado para maniobrar y si las filas se cerraban comprimiéndose, el espacio entre cada legionario se reducía impidiéndole maniobrar. Miles de legionarios romanos murieron en Cannas sin ni siquiera poder levantar su escudo para defenderse, apretados unos contra otros como ovejas en el matadero. En Farsalia, toda el ala izquierda pompeyana fue comprimida, aplastada por los cuatro costados, por lo que la matanza en aquella zona fue terrible.


Aunque Domicio Ahenobardo muere en la lucha la mayoría de los mandos pompeyanos huyen. El propio Pompeyo Magno, tras el fracaso de su caballería, regresa a su campamento, toma de su tienda las insignias de general y se da a la fuga, un comportamiento tremendamente deshonroso para un general romano. Cesar había perdido 1200 hombres frente a los 10.000 de Pompeyo.  Que los pompeyanos tuvieran casi cinco veces más bajas que los cesarianos es la consecuencia de la carga de las ocho cohortes contra el flanco que comprimió sus líneas y la huida alocada que se tradujo en una verdadera carnicería al encontrarse los fugitivos atrapados entre el enemigo y sus propias fortificaciones. Las tajantes órdenes de César de respetar la vida de los enemigos que se rindieran en combate  impidieron que las bajas pompeyanas fuesen mucho mayores.

De este modo se decidió quien de los dos era el mayor general, pero la decisión no era la que había esperado Pompeyo que tras la derrota de Farsalia, no hará ningún esfuerzo por volver a alzar en armas un ejército, huyendo a Egipto donde encontrará la muerte.

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